¿Psicogenética vs conciencia fonológica?

Por Marina Kriscautzky

Conductismo vs constructivismo, Piaget vs Vigotsky, aprender a leer antes de aprender a escribir (o viceversa), el maestro guía vs el maestro tradicional… y podríamos seguir la lista de oposiciones que suelen circular en el ámbito educativo. Siempre buenos contra malos, de manera que cualquier cambio destruye lo construido y culpabiliza de los fracasos al modelo saliente. Así, sin más.

Las dicotomías son peligrosas porque ocultan lo importante en cualquier discusión. Tal como afirma la perdiodista de La Nación Luciana Vázquez en su nota del 15 de noviembre, el Gobierno resolverá los problemas de la enseñanza de la lectura y la escritura quitando a “los malos” y poniendo a “los buenos”. Así de fácil. Como si en la escuela, en la educación en general, pudieran establecerse relaciones de causa-efecto lineales. Quitamos el constructivismo y ponemos la conciencia fonológica, y resuelto el problema. Como decía, las dicotomías son peligrosas porque no ayudan a pensar en las variables que intervienen en los problemas (de cualquier tipo).

Pongamos algunas variables a discusión para contribuir a comprender el problema sin buenos ni malos. En primer lugar, la didáctica derivada de la teoría psicogenética no tiene 30 años en funcionamiento en la Argentina. Tiene 40 años de construcción científica, pero la práctica educativa se transforma con lentitud y es imposible aseverar que esta propuesta didáctica ha estado en las aulas de todo el país y menos aún que ha estado aplicada de la mejor manera en todos los casos. Descartarla porque “ha fracasado” es una idea muy simplista de lo que significa la docencia y de cómo se adoptan propuestas didácticas en la escuela.

En segundo lugar, con esa misma vara se podría juzgar a la conciencia fonológica ya que es una teoría también de muchos años que no necesariamente ha dado buenos resultados a la hora de llevarla a la práctica. Lo que sí se puede argumentar es que, en su base, la conciencia fonológica ignora al sujeto que conoce. Lo considera un sujeto que recibe información y la procesa tal cual viene desde fuera.

En tercer lugar, la preocupación por los que menos tienen, si bien es legítima, está siendo utilizada por este gobierno a modo de comentario demagógico para oponerse a la teoría psicogenética. Cito la nota ya mencionada:

“Otra crítica contra la psicogenética es su falta de efectividad para alfabetizar a los chicos de sectores vulnerables. Para Borzone, “es una metodología que hace más pobres a los pobres”. Diuk explica: “Los chicos que tienen menos oportunidades extraescolares necesitan que la escuela haga un trabajo sistemático para ayudarlos a acceder al fonema.”

Todas las investigaciones de Emilia Ferreiro se originaron en la preocupación por los que son expulsados de la escuela, por los que fracasan en el aprendizaje inicial de la escritura. En los años 70 se preguntó por qué fracasaban, y lo hizo cambiando por completo la mirada: en lugar de preguntarse qué falla en los chicos se preguntó si habría algo en su forma de pensar la escritura que estuviera en conflicto con la forma en que la escuela enseñaba. Este cambio de mirada le permitió descubrir un proceso que había quedado inadvertido desde otras perspectivas de investigación. Le dio la voz a los chicos y sentó la bases para la construcción de una didáctica de la lengua que escapa a la tradicional oposición entre los métodos porque transforma tanto al sujeto que aprende como al objeto mismo de conocimiento.

Estamos todos de acuerdo en que “los chicos que tienen menos oportunidades extraescolares necesitan que la escuela haga un trabajo sistemático”, pero hasta ahí. El trabajo sistemático es imprescindible y es justamente en la Argentina y en Brasil donde se han hecho los avances más importantes para sistematizar metodológicamente lo que resulta de las investigaciones psicogenéticas. “Acceder al fonema”, como señala Diuk, es parte del proceso. La conciencia fonológica es un punto de llegada al cual acceden los chicos a partir, justamente, del trabajo con la escritura y de comprobar que los recortes silábicos de la oralidad no alcanzan para comprender la relación entre lo que se escucha y lo que se escribe.

La discusión teórica se enfoca en un punto fundamental: es la oralidad y la reflexión sobre los sonidos lo que conduce a la cosntrucción del fonema como unidad mínima del lenguaje, o es el trabajo con la representación escrita del lenguaje lo que nos va a permitir llegar a la idea de que el fonema es esa unidad mínima.

Ni buenos ni malos. Nadie está en contra de llegar a comprender los elementos básicos de la lengua. Nadie está en contra de que el papel de la escuela es dar oportunidades a los que menos experiencias tienen fuera de ella. El tema es que, como siempre en la política, en lugar de analizar qué está fallando, por qué seguimos con chicos que no aprenden y qué hace que aprendan los que sí lo logran, se apela a la solución fácil: cambiemos el método. Pero las cosas no son tan simples en el aula. Los factores que intervienen en el logro del aprendizaje de todos los chicos son múltiples. Tantos, que sería prácticamente imposible asegurar que “con extender los sonidos del habla” los chicos aprenderán a identificar los fonemas. Incluso desde la conciencia fonológica la cosa no es tan simple.

Y para terminar, quien piense que el acceso al fonema es lo único que se necesita por parte de la escuela está reduciendo al mínimo lo que en realidad se necesita para participar de la vida ciudadana en este siglo. Eso se pensaba a inicios del siglo XX. Y si bien no era cierto, podía entenderse en el contexto histórico del momento. Pero hoy, a inicios del siglo XXI, la definición de alfabetización se ha transformado. Necesitamos enseñar a leer y escribir en múltiples soportes, en diversas situaciones de intercambio social y con los desafíos que impone la tecnología. Si la escuela se va a dedicar a enseñar sonidos, tendremos muchos chicos más excluídos de la cultura escrita de su tiempo.

 

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